La Paradoja del Emanuel-oculto


En la novela Silencio, de Shusaku Endo, recientemente llevada al cine, el autor narra el viaje de dos sacerdotes jesuitas portugueses que viajan a un país hostil a su fe cristiana. Los fieles creyentes que residen en este lugar son obligados a renunciar a su fe. Permítanme decirles que no es una lectura fácil, ni la película una candidata para una noche familiar, pero la historia nos llama a luchar con varios temas que a veces, inadvertidamente, pasamos por alto—o simplemente elegimos evitar—en el contexto del Cristianismo Estadounidense.


Uno de estos temas es la incómoda realidad de que Dios parece estar oculto en ciertas épocas de nuestra vida. Teológicamente, e incluso por experiencia, los cristianos sabemos que Dios es omnipresente, que Jesús es el Emanuel (Dios con nosotros) y que el Espíritu Santo habita en cada creyente. Sin embargo, estoy seguro de que también estamos familiarizados con épocas en las que nuestras oraciones parecen no salir del techo de nuestra habitación. Temporadas en las que las dudas y la incertidumbre se fortalecen y, en consecuencia, nuestra fe se tambalea. Temporadas en las que Dios parece estar escondido.


¿Pero, por qué?


Conocemos a Jesús como Emanuel—Dios con nosotros. Entonces, ¿cómo reconciliamos las últimas palabras de Jesús en Mateo 28:20 NVI, "ciertamente estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo,” con las temporadas en las que buscamos desesperadamente respuestas y, sin embargo, él no se encuentra? Millones de Cristianos/as han navegado por estas aguas a través del arco de la historia. Yo también he pasado por ello. He luchado con esta realidad. Y he descubierto, lo que llamo, la paradoja del Emanuel-oculto.


Permítanme elaborar brevemente y atar los nudos al viaje del discipulado (Sí, estoy yendo a algún lado. ¡Así que tengan paciencia conmigo aquí!).


En su libro Dirección Espiritual (2019), Henri Nouwen describe este aspecto de un Dios oculto como algo difícil de aceptar y procesar por muchos de nosotros. Es una tensión incómoda pensar que Dios que está ausente y simultáneamente presente (106). Su argumento es que la presencia de Dios es demasiado majestuosa y gloriosa, divina y sobrenatural, y nuestros sentidos finitos se quedan cortos para experimentarla en todo momento. En sus propias palabras:

En la oración y la meditación, la presencia de Dios nunca se separa de la ausencia de Dios, y la ausencia de Dios nunca se separa de la presencia de Dios en el corazón. La presencia de Dios está tan por encima de la experiencia humana de estar cerca de alguien, que fácilmente se malinterpreta como ausencia. La ausencia de Dios, por otro lado, suele sentirse tan profundamente que lleva a una nueva sensación de presencia de Dios. (Nouwen 2019, 108)

Durante este largo viaje de fe, en el que somos formados a la imagen del Hijo, las disciplinas espirituales son cruciales para el crecimiento y el sano desarrollo del ser interior. Y como leemos de Nouwen, la oración es una de estas disciplinas centrales a través de las cuales llegamos a comprender que la presencia de Dios no puede ser domesticada ni circunscrita a una experiencia particular de corazón, sobrecogedora, o sobrenatural. Su presencia está por encima de cualquier cosa que podamos experimentar o esperar como humanos. Es precisamente en estos momentos donde percibimos a Dios como oculto.


Y es aquí en donde entra en juego una segunda disciplina: la disciplina de caminar juntos, de permanecer en comunidad.


Basten algunos ejemplos de las Escrituras.


Job encontró la presencia del Dios vivo a través del doloroso camino de la enfermedad y la agridulce compañía de los amigos. Aunque sea difícil de entender, a veces la comunidad que nos rodea no es lo que esperamos, pero sí lo que necesitamos para encontrar al Dios oculto. Otro ejemplo es el de Noemí, en el libro de Rut. Después de una temporada de pérdidas y desesperación, a punto de rendirse, Noemí encontró al Dios oculto y fue finalmente redimida gracias a la compañía de una inmigrante moabita, Rut. En la historia de Noemí, podemos observar que la desesperación puede arrastrarnos al aislamiento. Sin embargo, la comunidad nos apoya hasta que Su bondad nos alcanza. Y, por último, el propio Jesús, sintiéndose abrumado por la pesadez de sus horas más oscuras que se avecinaban, decide llamar a Pedro, Juan y Santiago para que viajen con él al interior de Getsemaní. Sí, los discípulos se durmieron en algún momento de la larga vigilia, pero su presencia fue evidentemente reconfortante e incluso muy necesaria para Jesús cuando sus oraciones parecían no tener respuesta.


Tirando de todos los hilos hacia una conclusión y aplicación, en parte, esto es lo que Shusaku Endo intenta decirnos en su novela. Al final de la historia, el lector se da cuenta que los misioneros terminan ampliando su comprensión de quién Dios es en el silencio al experimentar las duras vivencias de la persecución junto a una comunidad de creyentes.

Esta es la paradoja del Emanuel oculto.

Una experiencia formativa de discipulado a lo largo de toda la vida, destinada a ser recorrida en humilde vulnerabilidad ante Dios y los demás. Abrazar esta paradoja nos libera de la tentación de tratar de operacionalizar la presencia de Dios de forma aislada y nos impulsa a una relación más profunda con él a través del ministerio de lo que C.S. Lewis llamó en El peso de la gloria, el "objeto más sagrado presentado a nuestros sentidos," nuestros hermanos y hermanas cristianos.


Quizá no haya mejor momento que este tiempo de Cuaresma para reunirnos como comunidad de fe y meditar humildemente sobre la paradoja del Emanuel-oculto. Reconociendo las tristes realidades que la pandemia del COVID-19 ha impreso fuertemente en nuestras vidas y relaciones, y a la vez esperando con anticipación y celebración la inminente presencia manifestada de Dios al amanecer del Domingo de Resurrección. Procesando juntos, como hijos e hijas amados/as de Dios, las experiencias que se asemejan a las pérdidas de Job, a la desesperación de Noemí, e incluso al Getsemaní de Jesús, pero al mismo tiempo abrazando firmemente la gloriosa restauración, redención y resurrección que también se encuentran en estas historias.


Que esta Cuaresma se convierta en un punto de inflexión para que todos/as aprendamos a vivir la paradoja del Emanuel-oculto y nos inclinemos ante la inmensidad del Dios Omnipresente y Omnisciente del vasto universo.


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